lunes, mayo 28, 2007

Open your eyes, look within. Are you satisfied with the life you're living?

bob marley

martes, abril 17, 2007

El amenazado

Jorge Luis Borges, Del libro "El oro de los tigres" 1972



Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa
máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. De que me servirán
mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el
aprendizaje de las palabras que uso, el áspero Norte para cantar sus
mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca,
las cosas comunes, los hábitos, el joven amor d e mi madre, la sombra
militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta
a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas,
pero la sombra n o ha traído la paz.

Es, ya lo se, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la
espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

sábado, diciembre 02, 2006

a raiz de los cambios por algunos conocidos en mi vida en esta segunda mitad de año, la cosa se me empezó a poner un poco complicada ... cuando comenté el último gran cambio, a causa del cual volvieron a rodar cabezas, una amiga me mandó a modo de respuesta, este texto ... lo dejo acá para el que le interese ... ojalá les produzca algo

No culpes a Nadie

Nunca te quejes de nadie, ni de nada, porque fundamentalmente Tu has hecho
lo que querías en Tu vida.
Acepta la dificultad de edificarte a tí mismo y el valor de empezar corrigiéndote.
El triunfo del verdadero hombre surge de las cenizas de su error.
Nunca te quejes de Tu soledad o de Tu suerte, enfréntala con valor y acéptala.De una manera u otra es el resultado de tus actos, y prueba que Tu siempre has de ganar.
No te amargues de Tu propio fracaso ni se lo cargues a otro, acéptate ahora o seguirás justificándote como un niño.
Recuerda que cualquier momento es bueno para comenzar y que ninguno es tan terrible para claudicar.
No olvides que la causa de Tu presente es Tu pasado así como la causa de Tu futuro será Tu presente.
Aprende de los audaces, de los fuertes, de quien no acepta situaciones, de quien vivirá a pesar de todo, piensa menos en tus problemas y más en Tu trabajo y tus problemas sin alimentarlos morirán.
Aprende a nacer desde el dolor y a ser más grande que el más grande de los obstáculos.
Mírate en el espejo de ti mismo y serás libre y fuerte y dejarás de ser un títere de las circunstancias porque Tu mismo eres Tu destino.
Levántate y mira el sol por las mañanas y respira la luz del amanecer.
Tú eres parte de la fuerza de Tu vida, ahora despiértate, lucha, camina.
Decídete y triunfarás en la vida; nunca pienses en la suerte, porque la suerte es: el pretexto de los fracasados.

Pablo Neruda

jueves, septiembre 28, 2006

desde hace
un par de horas
siento que, una por una
estallan mis vértebras
el vacío estaba desde antes
y ahora es mas grande
certezas frágiles que corren por la piel
puso alguien por ahí
en una canción
parece ser que
mi forma de vivir ciertas cosas
es demasiado ambiociosa
pareciera ser
no lo se
el problema
¿el problema?
es cuando por culpa de esa ambición
se pasa de la euforia
al vacío
en un instante
en una nada de tiempo
por ser ambicioso
aparece la frustración en cuanto la ambición
no se concreta
y el vacío crece
la distancia se estira
no hay palabras que la acorten
no hay hechos que la acorten
no hay nada que la acorte
y el vacío crece
y llega el momento donde algo mas
se rompe
y el vacío se empieza a llenar
de lágrimas
de dolor
de palabras nunca dichas
y es de noche
y falta mucho
y el vacío crece
y se llena
y así
puedo pasarme la noche
sumergido en ese ciclo
ya no quedan vértebras sin estallar
sigue la carne
como explicar ese dolor?
ese desgarro?
intenso
frío
que me deja sin aire
que me deja sin saber que mirar
me empieza a dar vueltas en la cabeza la idea
de que quizas el problema
verdaderamente sea yo
quizas el problema sea la ambición
la idea de reciprocidad
la idea de perfección
aplicada a una cosa tan imperfecta como el amor
quizas ese sea mi problema
no lo se

bye

viernes, agosto 11, 2006

Ah, sí

existen cosas peores que
estar solo
pero a menudo lleva décadas
darse cuenta
y la mayoría de las veces
cuando lo hacés
es demasiado tarde
y no hay nada más terrible
que
demasiado tarde.

charles bukoswy



jueves, agosto 10, 2006

si antiayer fue mejor que ayer
y ayer fue mejor que hoy
y hoy todo es mas mierda
que queda para mañana?
para pasado mañana?
para la semana que viene?

pd: me hicieron llorar, guachos

miércoles, agosto 09, 2006

no solo de cumpleaños muere de a poco la gente
también de incertidumbres
cagadas que uno hace
cagadas que le hacen a uno
que ganas de llorar, la remilconchareputamadre que lo pario

martes, agosto 08, 2006

Has visto,
verdaderamente has visto
la nieve, los astros, los pasos afelpados de la brisa…
Has tocado,
de verdad has tocado
el plato, el pan, la cara de esa mujer que tanto amás…
Has vivido
como un golpe en la frente,
el instante, el jadeo, la caída, la fuga…
Has sabido
con cada poro de la piel, sabido
que tus ojos, tus manos, tu sexo, tu blando corazón,
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.

[Para leer en forma interrogativa. J. Cortázar]

sábado, agosto 05, 2006

como me gustaría dejar de destruir
como me gustaría dejar de destruirme
como me gustaría dejar de llorar
como me gustaría simplificar toda mi existencia
porqué pensar tanto?
la vida, me parece, tiene una vuelta
que no se la puedo encontrar
y pasan los años, 34 ya
y sigue sin aparecer
me duelen los ojos
me duele la frente
me duele el corazón
me arden los ojos
estoy podrido de romperme
podrido
¿egoista?
no lo se
no lo se
no lo se
demasiado roto para sonar coherente
demasiado roto

que los cumplas, tequesta, que los cumplas feliz
que cumpleaños de mierda, si señor
no pregunten lo inexplicable

lunes, julio 31, 2006

el futuro llegó hace rato

http://www.youtube.com/watch?v=UePP_weziMg&eurl=http%3A%2F%2Fwww%2Etecheblog%2Ecom%2Findex%2Ephp%2Ftech%2Dgadget%2Ftop%2D5%2Dcoolest%2Dsony%2Dgadgets

sábado, julio 29, 2006

Seal - Crazy (Lyrics)

In a church,by the face,
He talks about the people going under.

Only child know...

A man decides after seventy years,
That what he goes there for, is to unlock the door.
While those around him criticize and sleep...
And through a fractal on a breaking wall,
I see you my friend, and touch your face again.
Miracles will happen as we trip.

But we're never gonna survive, unless...
We get a little crazy
No we're never gonna survive, unless...
We are a little...

Cray...cray...cray...

...Crazy yellow people walking through my head.
One of them's got a gun, to shoot the other one.
And yet together they were friends at school
Ohh, get it, get it, get it, get it no no!

If all were there when we first took the pill,
Then maybe, then maybe, then maybe, then maybe...
Miracles will happen as we speak.

But we're never gonna survive unless...
We get a little crazy.
No we're never gonna survive unless...
We are a little...
Crazy...
No no, never survive, unless we get a little... bit...

Oh, a little bit...
Oh, a little bit...

Oh...
Oh...

Amanda decides to go along after seventeen years...

Oh darlin...
In a sky full of people, only some want to fly,
Isn't that crazy?
In a world full of people, only some want to fly,
Isn't that crazy?
Crazy...
In a heaven of people there's only some want to fly,
Ain't that crazy?
Oh babe... Oh darlin...
In a world full of people there's only some want to fly,
Isn't that crazy?
Isn't that crazy... Isn't that crazy... Isn't that crazy...

Ohh...
But we're never gonna survive unless, we get a little crazy.. crazy..
No we're never gonna to survive unless we are a little... crazy..
But we're never gonna survive unless, we get a little crazy.. crazy..
No we're never gonna to survive unless, we are a little.. crazy..
No no, never survive unless, we get a little bit...

And then you see things
The size
Of which you've never known before

They'll break it

Someday...

Only child know....

Them things
The size
Of which you've never known before

Someday...
Someway...
Someday...
Someway...
Someday...
Someway...
Someday...

viernes, julio 28, 2006

LAS CALUMNIAS CONTRA EL LOBO FEROZ.

En la última reunión del Comité Internacional en Defensa del Lobo
Feroz (CINDELOFE), el profesor Waltz Fredman terminó su alocución con
estas estremecedoras palabras: "¿fue el lobo feroz el culpable, o lo fue
Caperucita?". Efectivamente la narración de Perrault se presta a muy
diversas interpretaciones. No obstante hay puntos de acuerdo que son
indiscutibles y que paso a enumerar:
1. Caperucita sabía perfectamente que podía encontrarse con el lobo feroz.
2. Caperucita no era ajena al hambre del lobo.
3. Si Caperucita hubiera ofrecido al lobo la cesta de la merienda de su abuela, muy probablemente no habría ocurrido lo que ocurrió.
4. El lobo no ataca inmediatamente a Caperucita, sino al contrario, conversa con ella.
5. Es Caperucita quien da pista al lobo y le señala el camino de la casa de su abuelita. 6. La abuelita es idiota al confundir por confundir a su nieta con el lobo.
7. Cuando Caperucita llega y el lobo está en la cama con la ropa de la abuelita, Caperucita no se alarma.
8. El hecho de que Caperucita confunda al lobo con la abuelita demuestra que la niña iba poquitísimo a ver a su abuela.
9. El lobo, con esas preguntas tan tontas y directas, quiere alertar a Caperucita.
10. Cuando el lobo, que ya no sabe qué hacer, se come a Caperucita, es porque ya no le queda otra solución.
11. Es posible que antes de ello, en el bosque o en la cama, Caperucita hiciera el amor con el lobo.
12. La versión del cuento por la que Caperucita, cuando oye la pregunta del lobo: "¿adónde vas, Caperucita?", le responde: "a lavarme el chichi en el arroyo", cobra cada día que pasa más fuerza.
13. Es por tanto, Caperucita, y no el lobo feroz, la que provoca los instintos naturales de la pobre fiera. Primero los sexuales y, posteriormente, los depredadores.
14. También la madre de Caperucita tuvo mucha culpa al no acompañar a la hija.

Estos catorce puntos son, en principio, claros y concisos. Los que se empeñan en desprestigiar al lobo feroz no se han parado a pensar en la posible manipulación que se ha hecho de su figura, su actividad y reacción ante una provocadora profesional como era la puta de Caperucita.

choreado del suplemento NO


La influencia inspiradora del rock en la delincuencia
Hoy: Marilyn Ganson, rock que incita *

Mientras los más ingenuos siguen responsabilizando por la inseguridad a factores como la marginación económica, la violencia creciente, la ineficiencia estatal o la discriminación social, cada vez son más los que se animan a señalar al rock como verdadero gran culpable de que los jóvenes ingresen al mundo del crimen. Desde asesinos seriales hasta falsificadores de tarjetas de subte, hoy la banda sonora oficial de los delincuentes es, qué duda cabe, el rock. Y nadie ignora que los hombres del hampa se embriagan con guitarras distorsionadas y lírica antisistema antes de ponerse el antifaz, cargarse la bolsa de tela en el hombro y salir a cometer ilícitos.

Eso explica el éxito local de bandas que indudablemente bajan línea delictiva, como Los Beatles, Mal Ejemplo, Aeropungas, Todos Tus Ladris, The Gansgters, Asociación Ilícita, La Banda de los Comisarios, The Police o La Mosca. Por otra parte, las crónicas policiales de las últimas semanas están llenas de ejemplos que incriminan al rock, ya que los peritos descubrieron que el temible Descuartizador de Longchamps escucha a los Falsos Profetas, que el repulsivo Meador de Teléfonos Públicos de Wilde es fan de Dragonauta, que el perverso Toqueteador de Mochileras de Humahuaca tiene tatuado el logo de Motor Loco, y que la sádica Cajera de Hipermercado Choreadora de Vueltos tiene su iPod empachado de canciones de los Zorros Petardos Salvajes.

Sin embargo, el artista inspirador por excelencia para la delincuencia argentina es Marilyn Ganson, cuyo hit Un delitto, Nebbia admite su aporte a la inseguridad con la sutileza propia del Loco del Martillo: “Te proponen mis canciones/ que salgas a hacer el mal,/ que cometas violaciones/ a toda ley por igual./ Cacos y arrebatadores/ que integran mi club de fans:/ yo no soy un cantautor,/ soy autor... intelectual”. Después de semejante arenga, difícil no agarrar la dinamita y salir a hacer un boquete en la bóveda del banco más cercano.

* Cualquier parecido con la realidad es una operación de los grupos económicos.

miércoles, julio 26, 2006

anoche mientras me lavaba los dientes me di cuenta que siempre (o casi siempre) mientras me lavo los dientes pienso en la frase que Marge le dice a Homero cuando está por hacer la huelga de hambre "Homero, vos no podés hacer una huelga de hambre. Vos comés hasta cuando te lavás los dientes ! ! !"
yo se que es una pelotudez, pero a mi me resulta muy gracioso, sobre todo, cuando me lavo los dientes

martes, julio 25, 2006

internet da para todo, no les parece?

si no, miren esto:

http://www.see-jesus-for-a-dollar.com/espanol.htm?gclid=CPPDn4TRooYCFRIENAodIWcXBA

lunes, julio 17, 2006

bueno
que quieren
no estoy al pedo en mi casa para escribir
estoy en BA haciendo un curso aburridazo
todo sea por el papelucho del final'

si están aburridos

http://www.urban75.com/Drugs/gbh.html

jueves, julio 13, 2006

la mejor revista del mercado argentino
de hecho, es la única que compro, cuando la consigo

http://www.revistabarcelona.com.ar/#

miércoles, julio 12, 2006

este es un fragmento del cuento de Borges "Deutsches Requiem" que me gusta mucho


"En el primer volumen de Parerga und Paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad."

PARAISO

“Vivimos en el paraíso de la palabra inútil y la imagen que no sirve para nada, en un mundo donde la santa audiencia es venerada en todos los altares. Se transmite un programa sobre la vida de los que se conoce como ‘famosos’ y, en seguida, imágenes de otra bomba en Irak o una epidemia de sida en Africa, lo que significa que tanta importancia tiene una cosa como la otra... Así el sistema convierte a las víctimas en cómplices todos los días.”
(Del escritor José Saramago en la conferencia que presentó ayer en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.)


martes, julio 11, 2006

acá pongo "El inmortal", para el que lo quiera leer desde este blog directamente, si no, está por todos lados en la web

El Inmortal - Jorge Luis Borges

Salomon saith. There is no new thing upon the earth. So that as Plato had and imagination, that all knowledge was but remembrance; so Salomon giveth his sentence, that all novelty is but oblivion.

FRANCIS BACON: Essays LVIII.

En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Carthapilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y de inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló éste manuscrito.

El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.

I

Que yo recuerde, mis trabajos comenzaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.

Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la Luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del Oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respndí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está del otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el Occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, ricas en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.

Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantes, que tienen mujeres en común y se nutren de Leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena, donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que en esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la Luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas, otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines.Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Hui del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En en alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.

II

Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña. Los lados eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria. Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asomé y grité débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me maravillé de que no hablaran y de que devoraran serpientes.

La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo...

No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la Luna y el Sol jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas, infantiles en la barbarie, no me ayudaron a sobrevivir o a morir. En vano les rogué que me dieran muerte. Un día, con el filo de un pedernal rompí mis ligaduras. Otro, me levanté y pude mendigar o robar - yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma - mi primera detestada ración de carne de serpiente.

La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba dormir. Como si penetraran mi propósito, no dormían tampoco los trogloditas: al principio inferí que me vigilaban; luego, que se habían contagiado de mi inquietud, como podrían contagiarse los perros. Para alejarme de la bárbara aldea elegí la más pública de las horas, la declinación de la tarde, cuando casi todos los hombres emergen de las grietas y de los pozos y miran el Poniente, sin verlo. Oré en voz alta, menos para suplicar el favor divino que para intimidar a la tribu con palabras articuladas. Atravesé el arroyo que los médanos entorpecen y me dirigí a la Ciudad. Confusamente me siguieron dos o tres hombres. Eran (como los otro de ese linaje) de menguada estatura; no inspiraban temor, sino repulsión. Debí rodear algunas hondonadas irregulares que me parecieron canteras; ofuscado por la grandeza de la Ciudad, yo la había creído cercana. Hacia la medianoche, pisé, erizada de formas idolátricas en la arena amarilla, la negra sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horror sagrado. Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto, que me alegré de que uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos y aguardé (sin dormir) que relumbrara el día.

He dicho que la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Esta meseta comparable a un acantilado no era menos ardua que sus muros. En vano fatigué mis pasos: el negro basamento no descubría la menor irregularidad, los muros invariables no parecían consentir una sola puerta. La fuerza del día hizo que yo me refugiara en una caverna; en el fondo había un pozo, en el pozo una escalera que se abismaba hacia la tiniebla inferior. Bajé; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número total de las cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron. El silencio era hostil y casi perfecto; otro rumor no había en esas profundas redes de piedra que un viento subterráneo, cuya causa no descubrí; sin ruido se perdían entre las grietas hilos de agua herrumbrada. Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo; consideré increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que debí caminar bajo tierra; sé que alguna vez confundí, en la misma nostalgia, la atroz idea de los bárbaros y mi ciudad natal, entre los racimos.

En el fondo de un corredor, un no provisto muro me cerró el paso, una remota luz cayó sobre mí. Alcé los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi un círculo de luz tan azul que pudo parecerme púrpura. Unos peldaños de metal escalaban el muro. La fatiga me relajaba, pero subí, sólo deteniéndome a veces para torpemente sollozar de felicidad. Fui divisando capiteles y astrálagos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad.

Emergí a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un solo edificio de forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogéneo pertenecían las diversas cúpulas y columnas. Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a la Tierra. Esa notoria antigüedad (aunque terrible de algún modo para los ojos) me pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación, que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de los complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas aéreamente al costado de un muro monumental, morían sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros,en la tiniebla superior de las cúpulas. Ignoro si todos los ejemplos que he enumerado son literales; sé que durante muchos años infestaron mis pesadillas; no puedo saber ya si tal o cual rasgo es una transcripción de la realidad o de las formas que desatinaron mis noches. Esta Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.

No recuerdo las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y húmedos hipogeos. Únicamente sé que no me abandonaba el temor de que, al salir del último laberinto, me rodeara otra vez la nefanda Ciudad de los Inmortales. Nada más puedo recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado también, he jurado olvidarlas.

III

Quienes hayan leído con atención el relato de mis trabajos, recordarán que un hombre de la tribu me siguió como un perro podría seguirme, hasta la sombra irregular de los muros. Cuando salí del último sótano, lo encontré en la boca de la caverna. Estaba tirado en la arena, donde trazaba torpemente y borraba una hilera de signos, que eran como letras de los sueños, que uno está a punto de entender y luego se juntan. Al principio, creí que se trataba de una escritura bárbara; después vi que es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la palabra lleguen a la escritura. Además, ninguna de las formas era igual a otra, lo cual excluía o alejaba la posibilidad de que fueran simbólicas. El hombre las trazaba, las miraba y las corregía. De golpe, como si le fastidiara ese juego, las borró con la palma y el antebrazo. Me miró, no pareció reconocerme. Sin embargo, tan grande era el alivio que me inundaba (o tan grande y medrosa mi soledad) que di en pensar que ese rudimental troglodita, que me miraba desde el suelo de la caverna, había estado esperándome. El Sol caldeaba la llanura; cuando emprendimos el viaje de regreso a la aldea, bajo las primeras estrellas, la arena era ardorosa bajo los pies. El troglodita me precedió; esa noche concebí el propósito de enseñarle a reconocer, y acaso a repetir, algunas palabras. El perro y el caballo (reflexioné) son capaces de lo primero; muchas aves, como el ruiseñor de los Césares, de lo último. Por muy basto que fuera el entendimiento de un hombre, siempre sería superior al de los irracionales.

La humildad y miseria el troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté de enseñárselo. Fracasé y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor y la obstinaión fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de mí, era como si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña y ruinosa esfinge de lava, dejaba que sobre él giraran los cielos, desde el crepúsculo del día hasta el de la noche. Juzgué imposible que no se percatara de mi propósito. Recordé que es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar y atribuí a suspicacia o a temor el silencio de Argos. De esa imaginación pasé a otras, aún más extravagantes. Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo, consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa.

Las noches del desierto pueden ser frías, pero aquélla había sido un fuego. Soñé que un río de Tesalia (a cuyas aguas yo había restituido un pez de oro) venía a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra yo lo oía acercarse; la frescura del aire y el rumor atareado de la lluvia me despertaron. Corrí desnudo a recibirla. Declinaba la noche; bajo las nubes amarillas la tribu, no menos dichosa que yo, se ofrecía a los vívios aguaceros en una especie de éxtasis. Parecían coribantes a quienes posee la divinidad. Argos, puestos los ojos en la esfera, gemía; raudales le rodaban por la cara; no sólo de agua, sino (después lo supe) de lágrimas. Argos, le grité, Argos.

Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol.

Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real. Le pregunté qué sabía de la Odisea. La práctica del griego le era penosa; tuve que repetir la pregunta.

Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé.

IV

Todo me fue dilucidado aquel día. Los trogloditas eran los Inmortales; el riacho de aguas arenosas, el Río que buscaba el jinete. En cuanto a la ciudad cuyo nombre se había dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los Inmortales la habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos, salvo que no se parecen al hombre. Aquella fundación fue el último símbolo a que condescendieron los Inmortales; marca una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico.

Esas cosas Homero las refirió, como quien habla con un niño. También me refirió su vejez y el postrer viaje que emprendió, movido, como Ulises, por el propósito de llegar a los hombres que no saben lo que es el mar ni comen carne sazonada con sal ni sospechan lo que es un remo. Habitó un siglo en la Ciudad de los Inmortales. Cuando la derribaron, aconsejó la fundación de la otra. Ello no debe sorprendernos; es fama que después de cantar la guerra de Ilión, cantó la guerra de las ranas y los ratones. Fue como un dios que creara el cosmos y luego el caos.

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o castigarlo Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ninguna determina el conjunto... Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi con desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos... Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.

El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un hombre se despeñó en la más honda; no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes de que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años. Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo no era más que un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a ascetas. No hay placer más complejo que el pensamiento y a él nos entregábamos. A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a quien jamás he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho.

Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no esté compensada por otra, hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la faz de la Tierra. Cabe en estas palabras Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El número de ríos no es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún día, por haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río.

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas del Tánger; creo que no nos dijimos adiós.

V

Recorrí nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoño de 1066 milité en el puente de Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold, que no tardó en hallar su destino, o en las de aquel infausto Harald Hardrada que conquistó seis pies de tierra inglesa, o un poco más. En el séptimo siglo de la Héjira, en el arrabal de Bulaq, transcribí con pausada caligrafía, en un idioma que he olvidado, en un alfabeto que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad de Bronce. En un patio de la cárcel de Samarcanda he jugado muchísimo al ajedrez. En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia. En 1683 estuve en Kolozsvár y después en Leipzig. En Aberdeen, en 1714, me suscribí a los seis volúmenes de la Ilíada de Pope; sé que los frecuenté con deleite. Hacia 1729 discutí el origen de ese poema con un profesor de retórica, llamado, creo, Giambattista; sus razones me parecieron irrefutables. El 4 de octubre de 1921, el Patna, que me conducía a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la costa eritrea 1. Bajé; recordé otras mañanas muy antiguas, también frente al Mar Rojo, cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la magia y la inacción consumían a los soldados. En las afueras vi un caudal de agua clara; la probé, movido por la costumbre. Al repechar el margen, un árbol espinoso me laceró el dorso de la mano. El inusitado dolor me pareció muy vivo. Incrédulo, silencioso y feliz, contemplé la preciosa formación de una lenta gota de sangre. De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche dormí hasta el amanecer.

...He revisado al cabo de un año, estas páginas. Me constan que se ajustan a la verdad, pero en los primeros capítulos, y aun en ciertos párrafos de los otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de rasgos circunstanciales, procedimiento que aprendí en los poetas y que todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria... Creo, sin embargo, haber descubierto una razón más íntima. La escribiré; no importa que me juzguen fantástico.

La historia que he narrado parece irreal, porque en ella se mezclan los sucesos de dos hombres distintos. En el primer capítulo, el jinete quiere saber el nombre del río que baña las murallas de Tebas; Flaminio Rufo, que antes ha dado a la ciudad el epíteto de Hekatómpylos, dice que el río es el Egipto; ninguna de esas locuciones es adecuada a él, sino a Homero, que hace mención expresa en la Ilíada, de Tebas Hekatómpylos, y en la Odisea, por boca de Proteo y de Ulises, dice invariablemente Egipto por Nilo. En el capítulo segundo, el romano, al beber el agua inmortal, pronuncia unas palabras en griego; esas palabras son homéricas y pueden buscarse en el fin del famoso catálogo de las naves. Después, en el vertiginoso palacio, habla de "una reprobación que era casi un remordimiento"; esas palabras corresponden a Homero, que había proyectado ese horror. Tales anomalías me inquietaron; otras, de orden estético, me permitieron descubrir la verdad. El último capítulo las incluye; ahí está escrito que milité en el puente de Stamford, que transcribí, en Bulaq, los viajes de Simbad el Marino y que me suscribí, en Aberdeen, a la Ilíada inglesa de Pope. Se lee inter alia: "En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia". Ninguno de esos testimonios es falso; lo significativo es el hecho de haberlos destacado. El primero de todos parece convenir a un hombre de guerra, pero luego se advierte que el narrador no repara en lo bélico y sí en la suerte de los hombres. Los que siguen son más curiosos. Una oscura razón elemental me obligó a registrarlos; lo hice porque sabía que eran patéticos. No lo son, dichos por el romano Flaminio Rufo. Lo son, dichos por Homero; es raro que éste copie, en el siglo trece, las aventuras de Simbad, de otro Ulises, y descubra, a la vuelta de muchos siglos, en un reino boreal y un idioma bárbaro, las formas de su Ilíada. En cuanto a la oración que recoge el nombre de Bikanir, se ve que la ha fabricado un hombre de letras, ganoso (como el autor del catálogo de las naves) de mostrar vocablos espléndidos 2.

Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto.

Postdata de 1950

Entre los comentarios que ha despertado la publicación anterior, el más curioso, ya que no el más urbano, bíblicamente se titula A coat of many colours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacísima pluma del doctor Nahum Cordovero. Abarca unas cien páginas. Habla de los centones griegos, de los centones de la baja latinidad, de Ben Jonson, que definió a sus contemporáneos con retazos de Séneca, del Virgilius evangelizans, de Alexander Ross, de los artificios de George Moore y de Eliot, y finalmente, de "la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus". Denuncia, en el primer capítulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V, 8); en el segundo, de Thomas de Quincey (Writings, III, 439); en el tercero, de una epístola de Descartes al embajador Pierre Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw (Back to Methuselah, V). Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es apócrifo.

A mi entender, la conclusión es inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos.

A Cecilia Ingenieros.


lunes, julio 10, 2006

y ya que estamos ... este otro ... está en "El libro de los seres imaginarios" de Borges ... cualquier similitud con "El Alquimista" es puro choreo de Cohelo ... esto lo comentó una vez Dolina y después me dice una amiga "che, vos que leiste "El Alquimista", no te parece que esto es parecido?"


"HISTORIA DE LOS DOS QUE SOÑARON"

El historiador arábigo El Ixaquí refiere este suceso:"Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme), que hubo en el Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: "Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla." A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos., de las naves, de los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó el fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por el Decreto de Dios Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mexquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo, y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte.A los dos días recobró el sentido en la cárcel,. El capitán lo mandó buscar y le dijo: "¿Quién eres y cuál es tu patria?. El otro declaró: "Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí." El capitán le preguntó: "¿Qué te trajo a Persia?". El otro optó por la verdad y le dijo: "Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste"."Ante semejantes palabras, el capitán se rió hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decirle: "Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de una mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete"."El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la fuente de su jardín que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó. Dios es el Generoso, el Oculto."(Del libro de las 1001 Noches, noche 351)

bueno, ante la insistencia de mi fiel publico, procedo a llenar el blog con un texto de otro (si, no tengo ganas de escribir) ... Gracias Julito por este cuento


Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

de "Final de juego", Julio Cortázar 1956. © 1996 Alfaguara

viernes, julio 07, 2006

quiero hacer referencia a los únicos dos blogs que leo

http://weblogs.clarin.com/podeti/
(a este señor lo banca clarin aparentemente)

y

http://marcelolacanna.blogspot.com/
(a este señor lo banca elgourmet.com aparentemente)

jueves, julio 06, 2006

Pitbull II

Hoy, un poco menos caliente que ayer por el incidente del martes a la noche, escribo esto.

Primero, sobre el incidente en si, el tema no es que Dako atacó a la nena, Dako venía corriendo contra mi que iba en la bike, y se chocó la nena, de ahí mi indignación ante la actitud del padre.
Por otro lado, reconozco la pelotudez mía de haber andado con Dako suelto. A partir de ahí, llego al pensamiento que siempre lo tengo que llevar con correa, no para cuidar a la gente de Dako, sino para cuidar a Dako de la gente.
Si, ya se, es un Pitbull (American PitBull Terrier, para ser mas exacto), un perro que tiene fama de feroz, asesino, etc etc etc, pero fama es una cosa, y hechos son otra cosa.
Y me viene a la mente la propaganda de "American Dad", donde el padre de la nena dice "Guns don´t kill people, people kill people", eso puede ser extrapolado a los perros en general y los PitBull en particular.
Después, me enojé mucho con el comentario de "usuario anónimo". Primero me enojé con el comentario en si mismo, y después me di cuenta que esos usuarios anonimos son los que golpean puertas de cuarteles y queman indigentes con nafta adentro de un auto abandonado (por citar solo dos cosas), pero siempre en la sombra, siempre siendo "ciudadano/usuario anónimo", mostrando que la ignorancia y la intolerancia son su ley.

Y esto es todo, por ahora

miércoles, julio 05, 2006

primer incidente Dako vs "el resto del mundo"

para los que no lo saben (o sea, la inmensa mayoría), tengo un pitbull, Dako, de un año y medio ... no creo que valga la pena entrar en detalles para describir lo que es esta raza (para los que quieran informarse positivamente sobre esta raza les dejo este link http://bigbluepit.blogspot.com/ y, fiel a mi estilo de escuchar todas las campanas, acá tienen otro sitio que los denigra totalmente http://www.juliangallo.com.ar/2005/02/anti-pitbull.html ... está en uds sacar sus propias conclusiones), así que paso a los hechos
antes quiero aclarar que mi perro, en el tiempo que tiene, NUNCA mordió a ningún ser vivo, si, miles de palos, palitos, plasticos y demás

ahora los dejo con el relato del primer "incidente"

anoche (12 de la noche) volviamos de la voltereta de 2km tirando de la bici
posterior "ataque" enfurecido contra la base de un pallet (que hacía parecer el coso ese un palito de escoba, taba muy bueno)
llegando a casa (a 2 cuadras) lo suelto del pretal
y venía corriendo a lo pabote por la vereda
en el mismo sentido que el, un señor con un su nena agarrada de la mano y un pelotudo cocker cachorro
no se que mierda hizo la nena, se movió o que, cosa que cambió la trayectoria y el culiado este la chocó de atrás, resultado?
la nena se cayó de espaldas al piso
se puso a llorar (obivamente)
paro y me acerco para ver que pasó
y me agarra el tipo "sos una bestia, como puede ser que andes con un perro como ese suelto????"
le digo "pará chabón, que el perro no hizo nada"
a todo esto, dako se había vuelto porque escuchó la nena llorar y le estaba olisqueando la pinchila al cocker de mierda
y el chabón diciendome de todo
"mi nena se golpeó la cabeza" y cosas por el estilo
tonces
me subo a la bike y me voy a la mierda
haciendo ademanes del tipo "porqué no te vas a la concha de tu puta madre"
en eso me grita "como es tu nombre" y "te puedo denunciar"
me fui a casa y listo, a putear tranquilo

pueden creer tanta pelotudez junta????

martes, julio 04, 2006

hoy, poco y nada

http://www.martirpeperino.com.ar/

lo bueno es lo que está a la derecha que son los monologos de fabio alberti en cha cha cha, el resto, es inventado por quién sabe quién

sds

tequesta

lunes, julio 03, 2006

hoy que no se que poner, recurro al plagio ... un cuento de fontanarrosa .... bruche (poderoso televidente de tinelli de la primera hora) me podrá bardear por el plagio, pero no por el cuento en si mismo, que es muy bueno

LA VERDAD SOBRE EL TRANSBORDADOR COLUMBIA

Hoy, a casi tres años de aquel maravilloso día del 24 de octubre de
1981, llego a la conclusión de que debo contar toda la verdad sobre lo
sucedido. No creo, al hacerlo, que transgreda ninguna norma de seguridad
ni tampoco que revele secreto importante alguno.
Habrá sí, lo sé, quien sienta, tal vez, en parte menoscabado ese
acendrado orgullo nacional que tenemos los americanos desde el instante
mismo en que de pequeños vimos en nuestros textos colegiales esa
maravillosa lámina que muestra a George Washington cruzando el Potomac,
de pie sobre la inestable horizontalidad de aquella barca, envuelto, en
un capote y sin atisbo de mareo ni náusea en su rostro altivo.
Pero pienso que no yo, sino todos los norteamericanos guardamos una
deuda de gratitud con alguien hasta hoy anónimo y olvidado. Y se trata
de una deuda que, de no mediar mi determinación de escribir este
artículo, quedaría por siempre sin saldar.
No habría alcanzado a dormir ni media hora cuando Meck Sanduway llamó a
mi puerta. Debían haber sido las tres de la tarde cuando caí derrumbado
sobre mi litera confiado en que el cansancio y el ronroneo confortable
del aire acondicionado colaborarían a que me durmiese de inmediato. Sin
embargo, los nervios y el desgaste físico tironeaban compulsivamente de
los músculos de mis piernas y me sorprendía a mí mismo pegando puntapiés
contra la cucheta de arriba, por fortuna desocupada desde la noche en
que Nat Pallukah se cayó de ella ante la excitación que le produjo el
estar a punto de completar unas palabras cruzadas.
A pesar de mi desasosiego físico, anímicamente me invadía una inmensa
tranquilidad. Por fin, luego de tres larguísimos e infernales meses,
había quedado listo, terminado, completo, sellado y aprobado, el
Proyecto Opalo. Y allí nomás, a escasos tres kilómetros de nuestras
barracas, esperaba, calmo y deslumbrante bajo el sol calcinante del
desierto de Najove, el transbordador Columbia.
No era gratuito mi desvelo. El meticuloso plan de trabajo pergeñado por
mi grupo de ingenieros a través de cuatro años, había sufrido una demora
de casi seis meses. Y todo aquel que haya estado asignado a un proyecto
espacial sabe bien del enorme costo adicional en dólares que representa
la más mínima demora, el obstáculo más pequeño.
Lo cierto es que se nos había atascado el sistema de gasificación de
ozono y no había poder humano que lo pusiera en sus trece. Por lo tanto,
los dos carretes centrales que alimentaban la inyección de parafina
comprimida a la primera (y más grande) de las toberas, no tenían
autoridad alguna para impulsar los propergoles sólidos del segundo
sistema. En principio supuse que todo radicaba en la baja potencia de
las cargas de hidracina y etanol, lo que me costó que William Congreve
me arrojara por dos veces el mismo doughnout a la cara. Finalmente
Congreve me convenció, con ayuda de Sato Saigo, de revisar totalmente
los vectores del difusor de entrada en relación con la expansión de
energía térmica en el primer sistema. Así lo hicimos durante casi un
mes, enterrados día y noche en un silo subterráneo. Salvo un pequeño
error (que detectó Saigo) en un componente del logaritmo neperiano de R
y que en nada modificaba el detestable comportamiento de la gasificación
del ozono, no hallamos en nuestra búsqueda las claves de la falla.
Dos meses después, a mi juicio el problema residía en el encendido de la
segunda sección (lo que traería aparejado un desfasaje en el perigeo).
Para el danés Odgen había una fuga no computada a partir de un
desequilibrio en el variómetro. Según Congreve, la cosa podía estar
circunscripta en el radiador de uranio. Y Max Althoughter se hallaba
empecinado en que todo consistía en que la propulsión de una fase no
puede medirse por la reacción si la fuerza de empuje se mide por la
intensidad que el caudal específico de eyección de gases desplaza a la
energía cinética perdida por unidad de tiempo. Debo confesar que nunca
entendí la seducción que ejercía sobre Althoughter la unidad de tiempo.
Muy a pesar nuestro, admitimos que debía pedirse ayuda. Hablamos con
Woollie Pat Sullivan (director general del proyecto) y concluimos que
debíamos dejar de lado nuestro orgullo y entender que el éxito del
Proyecto Opalo era una causa de interés nacional y así lo entenderían,
también, los científicos consultados. Por otra parte, el presidente
Ronald Reagan ya había hablado un par de veces por teléfono con Sullivan
preguntando por la salud del "nene", nombre clave que se le había
conferido al transbordador.
Se habló, entonces, con gente de la Convair y Martin, de la Chrysler, de
la Pratt y Whitney, de la Boeing y de la Thiokol. La mayoría de las
compañías había licenciado a su personal dado que se iniciaba la
temporada de la trucha. Por último, la Lockheed trajo alivio a nuestra
inquietud: nos remitirían a Bernard Pseberg Lindon, artífice de la
misión Viking, padre de las sondas Mariner y amigo cercano de un
ingeniero que había sido verdadero cerebro gris del proyecto Skylab.
Pseberg debió ser rastreado por toda Europa Central ya que, para ese
entonces, se hallaba visitando a un primo suyo que nada tenía que ver
con los proyectos espaciales, pero que había contribuido grandemente a
las comunicaciones humanas mediante la codificación de sombras chinescas
sobre paredes.
Aún pienso que la Lockheed aceptó ayudarnos para cabalgar sobre la
cresta de la ola de nuestro posible triunfo, y algo así debió pensar
también Pseberg, para acceder a volar hasta nuestra ratonera de White Sands.
Debo admitir que la llegada de Pseberg apresuró la solución. Enérgico
hasta la crueldad, de una actividad rayana en el fanatismo y con un
método analítico más cercano a la pianola que al matemático, Pseberg nos
puso frente a la solución del problema en sólo 25 días de trabajo: había
que liberar los gases del ozono a través de las toberas de la tercera
fase, pero sin contactarlos con los propergoles sólidos del segundo
sistema. Y si éstos entraban en pérdida o desprotegían la dirección
giroscópica, bastaba con inyectar una mayor proporción de flúor en la
masa molar.
El árbol nos había impedido ver el bosque.
El 22 de octubre de 1981 se realizó la prueba final y todo anduvo a la
perfección. De allí en más se completaron algunos detalles menores, se
chequeó por milésima vez el encendido y todo quedó listo para el tan
demorado momento del despegue definitivo. Fue cuando ante una sugerencia
de Silvie Mortimer, quien me vio revolviendo el café con la visera de mi
gorra, marché en procura de un reparador descanso. Y fue cuando, media
hora después de revolverme en la cama como un poseso, Meck Sanduway
llamó a mi puerta.
-La tobera del segundo sistema se atascó -me disparó Sanduway apenas le
hube abierto la puerta. Sentí como si millones de pequeños alfileres se
clavasen en mi cuerpo. Las piernas se me aflojaron y de no mediar el
apresurado sostén de Meck me hubiese destrozado la cabeza contra el piso.
-¿Se lo has dicho a alguien? -atiné a preguntarle apenas pude recuperar
el dominio de mis cuerdas vocales.
-No -me tranquilizó Meck, con esa austeridad de vocabulario que hace tan
rústicos a los hombres del bajo Tennessee.
Para el lector que no conozca los entretelones de un proyecto
interespacial, informo que una tobera no tiene actividades intermedias:
o funciona o no funciona. No se admiten en una tobera ni falsos
encendidos ni ronquidos, ni carrasperas, como tampoco producción a
"media máquina".
"Cinthya", la tobera del segundo sistema estaba bajo mi completa
responsabilidad y ahora, a sólo 14 horas del lanzamiento del Columbia,
se había empacado como un asno. Era un problema tres veces más complejo
que el anterior suscitado con la gasificación del ozono. Y el problema
de la gasificación del ozono nos había demorado durante medio año.
-Vuelve al centro de cómputos -recomendé a Meck-.Y no digas a nadie nada
de esto.
Tomé el casco, salté sobre un jeep, y abandoné las barracas rumbo al
transbordador. Afortunadamente a esa hora, cuando el sol era un soplete
sobre la arena, sólo me crucé con algunos operarios menores.
Los ingenieros y científicos se habían refugiado en sus habitaciones
disfrutando de hallarse, por fin, en vísperas de la cuenta regresiva. En
tanto ascendía mediante el ascensor interno hacia las visceras del
Columbia, pensaba en qué palabras emplearía para comunicar a nuestro
jefe Woollie Pat Sullivan, el nuevo drama que se había desatado. Lo
recordaba, un año atrás, masticando, transpuesto de odio, una
minicalculadora Sharp ante la noticia de la quemadura de una bujía de su
coche. Además, debería ser yo, en persona, quien explicara al presidente
Reagan, el flamante e incalculable retraso del Proyecto Opalo. Y yo
conocía bien al presidente. Por mucho menos que eso lo había visto hacer
cosas terribles con los indios, largo tiempo atrás, en el cine de
Tollucah, mi ciudad natal.
Cuando llegué al compartimento que hacía las veces de antesala, sólo
encontré a un empleado de mantenimiento, quien se había refugiado en la
tranquililidad de esa sección para apurar su emparedado de tocino y
maní. Le ordené, perentoriamente, que se fuera. El hombre, sin decir
palabra, envolvió su merienda y se alejó.
Con el alma en un hilo, oprimí el encendido de "Cinthya". Me respondió
un silencio funerario. Repetí la acción cinco o seis veces. Ni un
chasquido. Nada. "Cinthya" estaba muerta, fría y yerta. Me dejé caer,
vencido, sobre el piso de metal. Entonces me encontré, de nuevo, con la
mirada del empleado de mantenimiento. No se había ido. Estaba sentado
sobre el sistema de apertura de compuertas externas, junto a la salida
que no había transpuesto, masticando con poco entusiasmo su comida,
observándome con expresión indiferente.
En aquel momento, con ese pudor lógico de todo científico egresado de
Denver, deseé que aquel desconocido confundiese mis lágrimas con
posibles gotas de transpiración. Lo que iba a ser difícil de explicarle
eran mis berridos animaloides y los puñetazos que propinaba contra el
blindaje de las mamparas. Con la tobera de la sección superior atascada,
el soñado despegue del transbordador Columbia en 1981 era utópico.
La preeminencia de la carrera espacial volvería a manos de los
comunistas y podía decirse que el mundo libre estaría al borde de la
destrucción, el holocausto atómico y ¿por qué no? la contaminación de
los ríos.
Controlar, chequear y verificar todas y cada una de las 573.829 piezas
mecánicas y electrónicas encerradas en aquella cúpula cilindrica de 38
metros de largo por 11,07 de ancho que constituía la médula energética
del Columbia podía insumir de uno a dos quinquenios de planes
galácticos. Reagan no lo soportaría.
Dentro de mi desesperación vi que el operario, sin dejar de comer,
adelantaba un par de veces el mentón hacia mí, en mudo interrogante.
-¿No le dije que se fuera? -le grité, desde el suelo, furioso. Frunció
el entrecejo y volvió a avanzar su mentón, inquisidor. Comprendí que no
entendía bien el idioma.
-¿No habla inglés? -le pregunté, más enojado aún.
-Sí, sí -dijo. Se puso de pie, tiró desaprensivamente los restos del
sandwich en un rincón y limpió con energía las palmas de sus manos
golpeándolas contra los fundillos de su pantalón en tanto se me
acercaba. Sin dejar de hurguetearse los dientes con la punta de la
lengua y el reborde de los labios, me tomó de un brazo y me ayudó a
ponerme de pie. Allí pude leer, entonces, el nombre de aquel sujeto
moreno y bajo, en el solapero que lo identificaba: "Artemio Pablo Sosa".
Un hispanoparlante.
-Hablo inglés -me explicó-. Pero si me habla muy rápido. . . -se quedó
en silencio mirando fijamente hacia un punto ubicado en las cercanías de
mi hombro derecho y yo pensé que buscaba palabras para completar la
frase. Chasqueó los labios y escupió un residuo de carne.
-¿Qué pasa, maestro? -preguntó luego.
-¿Qué es usted?-me interesé-. ¿Mejicano?
-Argentino -me dijo. Yo apoyé mi empapada espalda contra una mampara y
meneé la cabeza con desaliento.
-La tobera -señalé con gesto vago, baja la vista.
-¿Qué pasa? ¿Qué tiene la tobera?
Oscilé mis manos, con las palmas hacia abajo, a la altura de mi cintura.
-Reventó -sólo atiné a decir-. Fin.
-¿No camina? -dijo el hombre. Estuve tentado de explicarle, pero me
frenó el ridículo de enredarme en una charla técnica con un auxiliar
electricista que no sólo no detentaba cargo relevante alguno, sino que
ni siquiera era sajón. Por otra parte ya el desprolijo personaje me
había dado la espalda y, mientras se rascaba los dorsales lentamente con
el pulgar de la mano derecha, atisbaba hacia lo alto de la tobera a
través del triple cristal atérmico que nos separaba de ella, sobre la
consola de mandos.
Sosa volvió hacia mí. Ahora se estiraba hacia abajo, impudorosamente, la
tela que le recubría la entrepierna.
-¿Está abierto? -señaló a sus espaldas la puerta que accedía a la
tobera. Asentí con la cabeza. Pero no volvió hacia allí. Caminó hasta
donde había estado sentado y comenzó a revolver en un bolso de trabajo
abandonado junto a los restos de su merienda. Sacó una manzana y
entonces sí, pasó de nuevo junto a mí, hacia la puerta de entrada a la
tobera.
Yo permanecí quieto en el mismo lugar, como vacío de hálito vital,
pensando tan sólo en el sombrío futuro que acechaba a mis hijos, en el
hipotético caso de que llegase a tenerlos.
Habrían pasado seis minutos cuando apareció de nuevo el argentino.
-¿Tiene un alambre? -me preguntó. Sacudí la cabeza, negando.
-Me parece que yo. . . -masculló-. Algo me queda. . .
Fue hasta su bolso, revolvió en él y sacó un trozo de alambre de unos
veinte centímetros. Mientras procuraba enderezarlo (había estado plegado
en secciones de unos seis centímetros) me miró y enarcó las cejas.
-Vamos a ver, dijo un ciego -informó, serio. Pasó de nuevo frente a mí y
se metió en la tobera. Por quince minutos sólo lo escuché silbar una
música extraña. Yo, en tanto, sopesaba la posibilidad de salir al
exterior de la nave, ganar la superficie de una de sus cortas alas y de
allí lanzarme de cabeza a la pista, distante lo suficiente como para
hacer estallar una bóveda craneana.
Apareció de nuevo el argentino: se estaba frotando las manos con un trapo.
-A ver, maestro -me dijo.
-¿Qué?
-Préndala -me indicó, señalando con un movimiento de cabeza hacia la tobera.
Ahora sí, lo miré como comprendiendo que se trataba de un ser viviente
quien me hablaba.
-Préndala. Dele -insistió, mientras volvía hacia su bolso y metía el
trapo en su interior. Caminé cuatro lentos y arrastrados pasos hacia el
encendido, apoyé un dedo sobre el botón y giré mis ojos para mirar al
argentino, compasivamente. Apreté el botón y se escuchó un ronroneo
suave y parejo primero, y luego un rugido saludable. Casi estrello mi
cara contra el triple cristal en procura de ver desde más cerca lo que
no podía creer. ¡Aquella maldita tobera funcionaba! Me di vuelta,
incrédulo, hacia ese sudamericano providencial. El hombre había corrido
el cierre relámpago de su bolso, había metido éste bajo su brazo
izquierdo y miraba hacia el techo, prestando atención al sonido
trepidante de "Cinthya".
-No -pareció contradecirse-. Va andar bien. Luego, sí, se dirigió a mí:
-Le va aguantar bastante. Por lo menos para sacarlo del paso. Eso sí. .
. -advirtió- . . . capaz que de aquí a un par de años le tenga que pegar
una revisada. Pero. . . por ahora. . . -pareció conformarse.
Se tocó luego la ceja derecha en un remedo de desmañado saludo militar,
cabeceó para despedirse, abrió la compuerta neumática que daba a la
escalera externa y se fue. Yo, en tanto, escuchaba a mis espaldas el
dulce canto de "Cinthya", funcionando.
Al día siguiente, el transbordador Columbia, tras corta cabalgata sobre
su avión-madre, salió disparado hacia el límpido cielo de Najove y de
allí en más la historia es conocida.
De Artemio Pablo Sosa, nunca jamás tuve conocimiento. Superada la
efervescencia del éxito de la misión Opalo, lo busqué por las distintas
dependencias, talleres y barracas de White Sands. Finalmente, en la
oficina de personal me informaron que había viajado la misma tarde del
lanzamiento, posiblemente a New York, con un nuevo contrato.
Un año después, una agencia de averiguaciones privada me informó que
Sosa había trabajado cuatro meses como lavacopas en un restaurante
italiano sobre la Séptima Avenida.
Alguien me contó, también, que una persona de ese mismo apellido había
estado trabajando como iluminador en un teatro de quinta categoría donde
ponían piezas musicales para público latino, en Broadway. Pero nunca más
pude encontrarlo.

jueves, junio 29, 2006

voy a publicar lo que dio origen a este blog

Protocolo de actuación anti-marketing telefónico "La venganza"

Riiiin...riiiin...!
- Hola?
- Buenos días, ¿Usted es el titular de la línea?
- Sí, soy yo mismo
- ¿Me puede decir su nombre por favor?
- José Luis
- Señor José Luis, le llamo de Telefónica para ofrecerle una promoción consistente en la instalación de una línea adicional en su casa, en donde usted tendrá derecho a...
- Disculpe la interrupción Señorita, pero, exactamente ¿quien es usted?
-Mi nombre es Silvina Maciel, de Telefónica y estamos llamando...
- Silvina, discúlpeme, pero para nuestra seguridad me gustaría comprobar algunos datos antes de continuar la conversación, ¿le importa?
- No tengo problemas señor
- ¿Desde que teléfono me llama? En la pantallita del mío solo pone "NUMERO PRIVADO"
- El interno mío es el 1004
- ¿Para qué departamento de Telefónica trabaja?
- Telemarketing Activo
- ¿Me podría dar el número de trabajadora de Telefónica?
- Señor, disculpe, pero creo que toda esa información no es necesaria...
- Entonces lamentablemente tendré que colgar, porque no tengo la seguridad de hablar con una trabajadora de elefonica
- Pero yo le puedo garantizar...
- Vea Silvina, cada vez que yo llamo a Telefónica, antes de poder comenzar cualquier trámite, estoy obligado a dar mis datos a toda una legión de empleados...!
- Está bien Señor, mi numero es el 34591212
- Un momento mientras lo verifico, no se retire Silvina...
(Dos minutos)
- Un momento por favor, toda la gente en casa se encuentra ocupada....
(Cinco minutos)
- ¿Señor?
- Un momento por favor, toda la gente en casa se encuentra ocupada....
- Pero...Hola Señor...!
- Sí Silvina, gracias por la espera, nuestros sistemas están un poco lentos hoy... ¿Cual era el asunto de su llamada?
- Lo llamo de Telefónica, estamos llamando para ofrecerle nuestra promoción "Linea Adicional", en la que usted tiene derecho al uso de otra línea a muy bajo costo. ¿Usted estaría interesado José Luis?
- Silvina, le voy a comunicar con mi mujer, que es la encargada de la sección de adquisición de productos técnicos de la casa; por favor, no se retire. (coloco el auricular del teléfono delante de un grabador y pongo el CD de Caribe Mix 2004 con el Repeat activado. Sabía que algún día, esa droga de musica me sería útil).
Despues de sonar el CD entero, mi mujer atiende el teléfono:
- Disculpe por la espera, me puede decir su teléfono pues en la pantallita del mío solo aparece "NUMERO PRIVADO".
- 1004
- Gracias, ¿Con quien estoy hablando?
- Con Silvina
- ¿Silvina que?
- Silvina Maciel (ya demostrando cierta irritación en la voz)
- ¿Cual es su numero de trabajadora de Telefónica?
- 34591212 (mas irritada todavía)
- Gracias por la información Silvina, ¿en que puedo ayudarla?
- La llamo de Telefónica, estamos llamando para ofrecerle nuestra promoción "Línea Adicional", en la que usted tiene derecho a otra línea. ¿estaría interesada?
- Voy a ingresar su solicitud en nuestro programa de Nuevas Adquisiciones y dentro de algunos días nos contactamos con usted. ¿Puede anotar el numero de ingreso al programa por favor? ... ¿hola?, ¿hola?
- TU...TU...TU...TU...

gracias caro por retarme sobre la configuración
ahora creo que la acomodé un poco
que cosa loca esta del blog, no?

ah

confirmado
dice mi hermano que ya se pueden hacer comments

lo parió

la interné es cosa de loco, si seño

ta luego

ah ... justo venimos de comer con un amigo y mi hermano y charlabamos sobre esto de los blogs y que en cierta forma, nos parecía (a mi amigo y a mi, gente entrada en los 30 ya) que es una cosa similar, en cierta forma, a esos cafés que se organizaban antes, donde cierta gente se juntaba a compartir opiniones sobre algún tema, pero que mas allá de eso, no compartían gran parte de su vida con los otros participantes ... no se si será asi ... pero eso nos pareció

ahora si, me retiro

sds

tequesta

miércoles, junio 28, 2006

a ver
para que era esto?
ah, si
cierto
para que el bruche me pueda bardear tranquilo
y tantos otros

y nada mas que para eso

saludos a quien se de una vuelta

tequesta

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